Comunidad Espiritual
Al momento del nacimiento un niño no percibe el mundo de la misma manera que los adultos. Esto se debe a que su atención no está operando todavía como primera atención, por tanto no comparte el mundo perceptual de quienes le rodean. Aunque se encuentra rodeado por las mismas emanaciones que los demás, no ha aprendido a seleccionarlas y a organizarlas como lo hacen las personas adultas. Esto lo habrá de lograr poco a poco
conforme vaya creciendo y asimilando la descripción del mundo que le proporcionen sus mayores. De manera natural cada una de las personas que entran en contacto con un bebé, especialmente los adultos, se constituye en un maestro -generalmente inconsciente- que le describe incesantemente el mundo, y aunque inicialmente el niño no comprende la descripción, puesto que no percibe el mundo en esos términos, poco a poco la irá

asimilando y aprenderá finalmente a percibir la realidad en los términos de la descripción. De hecho será la descripción la que determinará la forma precisa en que su percepción seleccione y organice los campos de energía que le rodean. Por tanto, es válido decir que lo que percibimos cotidianamente es la descripción misma, que fluye constantemente de nosotros mismos hacia el exterior.
El fluir de la descripción se mantiene por lo común ininterrumpidamente, sosteniendo de esta manera la percepción del mundo que nos es familiar, momento a momento; día tras día. Si el fluir se suspende, la realidad que está generando también se desploma, es decir «parar el mundo». Ver, se refiere a la capacidad de percibir el mundo tal como se revela una vez que el fluir de la descripción ha sido interrumpido. Una vez que el mundo se ha parado, se revela un nuevo tipo de organización del mundo revelándole posteriormente que esta última no es en realidad más que una nueva descripción, en la que tampoco
Vale la pena quedar atrapado, hasta quedar en la nada.
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