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Somos campos de energía o «huevos luminosos», como los llama Castaneda.

Esto no parece a simple vista un gran secreto o una gran verdad, pero constituye en realidad uno de los elementos centrales que sustenta toda la práctica del sistema de Don Juan.

No es difícil asimilar que todo cuanto hacemos requiere de energía, ningún acto puede ser realizado sin tener la necesaria para ello, sea que se trate de correr en el Maratón , romper con un viejo hábito, o simplemente levantarnos de la cama. Y lo mismo para cualquier otro acto.

Al mismo tiempo, aunque toda persona tiene energía, en la vida de la gente ordinaria, ésta se encuentra ya completamente repartida en los actos rutinarios de su vida, determinados por su pasado. Otra manera de decirlo

 

es que toda la energía de la persona está ya invertida en el ámbito de lo conocido y no le queda ningún extra para abordar lo desconocido.

Si queremos emprender cualquier cosa nueva, que no esté presente entre lo que hago actualmente, requeriré de energía «libre» o disponible para hacerlo. Esa es la razón de la enorme dificultad que el hombre común tiene para cambiar o para crear situaciones o resulta dos distintos de aquéllos que componen «lo normal» en su vida; no

tiene energía «disponible».

Por otro lado todo aquél que como guerrero emprende la senda del conocimiento, estará necesariamente interesado en todo lo que concierne a la energía. Sabe que el viaje a lo desconocido y todos los cambios que tendrá que realizar en su persona, requerirán no sólo de un buen nivel de energía, sino también de que una parte importante de esta energía esté «disponible». Es por ello que examina todo cuanto hace en base a la energía.

Eso es parte del secreto de los seres luminosos: somos energía y todos nuestros actos implican el

aprovechamiento o desperdicio de nuestra energía de vida. La persona “impecable”  sabe que cada acto fortalece o debilita nuestra energía y por eso se vuelve extremadamente cuidadoso con la naturaleza de sus actos, en los que busca siempre la impecabilidad que no es otra cosa que el uso óptimo de la energía.

 

La clave del asunto es: si dejamos de percibirnos como egos y nos aceptamos como campos de energía, no sólo nuestra manera de ver la realidad, sino aún nuestra manera de comportarnos en ella tiende a cambiar. Mientras que como egos nos vemos compelidos a realizar una enorme cantidad de acciones orientadas a la defensa y reafirmación del ego, como campos de energía, en cambio, habremos de poner nuestra atención en la manera en que utilizamos nuestra energía, en su incremento o disminución y por lo tanto nuestras acciones se orientarán hacia el uso adecuado de la energía.

En un ejemplo simple y concreto, veamos el caso de un hombre que vive una situación en la que su ego se ve frustrado y reacciona con enojo, porque su esposa no tenía lista la comida cuando él llegó de trabajar. Como ego, él se sentirá ofendido, ya que el ego exige que le rindan culto y que tomen como verdad todo aquello que se platica sobre sí mismo, por lo que gritará y amenazará a su mujer, buscando en ella la aceptación de que el importantísimo ego de su marido merece ser tratado con más consideración. Si lo consigue, ella llorará, pedirá perdón o preparará los alimentos, a toda prisa y con angustia. De un modo encubierto estará expresando al ego (y

no a la persona real) de su marido: sí, creo que existes y eres real, creo también que todo lo que te dices y me dices acerca de ti es cierto.

Es evidente que todo esto ocurre porque -como le sucede continuamente, cada vez que el ego tropieza con que la realidad externa no lo confirma, empieza a tener serias dudas acerca de su propia realidad y se siente amenazado, así que busca, con los medios de que lo dota su Historia Personal, manipular la realidad y a la gente que lo rodea, hasta obligarlos a estar de acuerdo en su existencia; para ello se enojará, se ofenderá, se deprimirá y aún amenazará con suicidarse hasta conseguir la confirmación deseada. Sólo así el ego puede auto engañarse y

hacerse creer que existe, aunque en el fondo sabe lo que él mismo es: una masa específica de nada. Y como de hecho sabe que no tiene sustancia concreta, busca incesantemente que se lo confirmen desde afuera, esto es, que otros seres humanos los que habitualmente estarán ocupados en el mismo asunto- acepten y actúen como si el ego en cuestión existiera y constituyera la persona real.

 

Nada de esto puede ocurrir cuando actuamos de acuerdo a la conciencia de lo que verdaderamente somos:

campos de energía.

En el ejemplo anterior, el hombre de la historia procedería de un modo diferente, si se percibiera a sí mismo como un campo de energía. Como tal, consideraría en primer lugar el uso óptimo de su energía. Sabría que el enojo consume una enorme cantidad de energía, y no aporta nada al hombre, salvo debilidad, mala salud y mala calidad de vida, lo cual no constituiría un uso adecuado ni deseable de la propia energía. Así, en vez de permitir el inútil desgaste de su energía, evaluará sus diferentes opciones; quizá esperará con tranquilidad a que le preparen sus alimentos, o ayudará él mismo a prepararlos.

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